martes, 30 de agosto de 2016

Good bye, Mr. Gene


Y
 se fue nomás, a los 83 años, afectado por el mal de Alzheimer.

Era «Jim, el Waco Kid» de Locuras en el Oeste; aquel temible pistolero que había dejado las trifulcas cuando un nene de seis años le habia pegado un tiro en los glúteos llamándolo «cobarde», porque él se había negado a dispararle. Después de eso se había acercado rengueando a un saloon y pidió una botella de whisky; y aún estaría allí de no ser por Bart, el sheriff negro con el cual fumaron porros y salvaron a Rock Ridge del malvado Hedley (no Hedy) Lamarr, para después perderse por los caminos del Lejano Oeste, que transitaron juntos hasta 1992 cuando murió Bart, quien en esta vida de ficción era llamado Cleavon Little.



También fue el doctor Friedrich Fronkonstin, nieto del barón Víctor Von Frankenstein, que en El joven Frankenstein habia dado vida a un hombrote de dos metros de altura injertándole un cerebro subnormal, a causa de su atolondrado asistente Igor. Este, bajo el nombre ficticio de Marty Feldman, había partido en 1982; y «La Criatura», apodada Peter Boyle, se fue en el año 2006. Les sobrevive la bella Inga, aquella mujer de generosos pechos que gustaba cantar con melodiosa y sugerente voz: «A gozar, a gozar, y en el heno retozar”.



Además era aquel brillante ginecólogo de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a preguntar), a quien había visitado un campesino armenio para consultar los motivos por los cuales su oveja Daisy lo había dejado de amar; y de la cual se enamoró perdidamente, se la llevó a vivir consigo y la perdió en brazos del campesino, para terminar sus días delirando por las calles y tomando «Woolite», un detergente usado para lavar prendas de lana.



Asimismo era el excéntrico industrial del chocolate Willy Wonka, quien ayudado por sus enanos trabajadores Oompa-loompas, logró encontrar en un niño pobre llamado Charly la nobleza moral necesaria para heredar su factoría. Pero la fábrica desapareció —acaso por el efecto tsunami del neoliberalismo— y Charly (en la ficción Peter Ostrum) es hoy un veterinario dedicado a la atención de vacas y caballos.




Con Gene Wilder se retiran de este escenario todos sus personajes, tras la caída del telón que anuncia el final de su obra. Y sin embargo, a pesar de haber sido una comedia, una lágrima pugna por brotar en los ojos del espectador que ronda el medio siglo de vida. Acaso, porque con él se va otro pequeño fragmento de la adolescencia; pero también, un pedacito de esta vida adulta, que él supo hacer —como pocos— siquiera un poquito más dulce.

Adiós, Mr. Gene. Sé que algún día soleado, no se cuando ni sé donde, nos encontraremos en alguna parte.


Horacio Ricardo Silva, 30 de agosto de 2016.