lunes, 4 de junio de 2012

Anfi, el gato que perdió seis de sus siete vidas


Como en el famoso cuento de Edgar Allan Poe, “El gato negro”, Anfi —cuyo pelaje es, precisamente, color negro— fue enterrado vivo por las máquinas de la Municipalidad de Neuquén. A continuación, el relato de su increíble odisea.

Dedicado a lakarmen, entrañable compañera y amiga;
al colectivo feminista-libertario kasandrxs; a mi amiga Amparo Ballester;
y a Soniamor.

Anfi en brazos de Pablo, al momento del rescate.
Esto ocurrió hace poco en Neuquén, la tierra mágica de las machis ancestrales, donde aún pueden beberse las aguas del río Limay haciendo cuenco con las manos; y donde la riqueza cultural de la urbe, se encuentra a unos pocos pasos de parajes naturales tan bellos y solitarios, como el llamado Isla Verde.
En Neuquén florecen historias de luchas sociales que no se ven en otras partes; en los oscuros años noventa, se dio un caso único en el mundo, cuando unos albañiles trotskystas ganaron la conducción provincial de la U.O.C.R.A., el poderoso gremio de la construcción.
Fue allí también que, tras la debacle del año 2001, se hizo fuerte la experiencia de autogestión obrera de Cerámicos Zanón , hoy FASINPAT. Y fue en Neuquén que nacieron y murieron Teresa Rodríguez  y Carlos Fuentealba, dos casos testigo de la brutalidad desplegada por las autoridades ante la protesta social.
Esta misma brutalidad, esta vez por omisión, se cebó en el cuerpo de un simple gato callejero, de negro pelaje, que se hizo famoso en toda la ciudad bajo el nombre de Anfi: ésta es su conmovedora y risueña historia, una historia de vida y de amor por la libertad, protagonizada también por un ciento de jóvenes neuquinos.
Todo comenzó una mañana de fines de abril, cuando el intendente Horacio “Pechi” Quiroga —una suerte de Mauricio Macri patagónico— ordenó, de buenas a primeras, rellenar con tierra el anfiteatro existente en el Parque Central de la ciudad, antigua playa de maniobras del Ferrocarril del Sud, y que era utilizado por artistas populares para ofrecer espectáculos gratuitos.
El motivo declarado fue la realización de un mejoramiento del espacio verde; no obstante, por razones fáciles de comprender, nadie le creyó; para los neuquinos, el verdadero móvil del intendente era la construcción de una playa de estacionamiento.
Rápidamente corrió la voz; las cuadrillas municipales no habían terminado aún de descargar la última camionada de tierra, cuando aparecieron en el parque los primeros vecinos y artistas, que no cabían en sí del asombro y la indignación.
Alguien abrió entonces una cuenta en Facebook llamada “Destapemos el anfiteatro del Parque Central”, que sirvió como canal de expresión y organización para intercambiar opiniones y autoconvocarse en el lugar; y en las improvisadas asambleas realizadas al pie de aquel “entierro prematuro”, surgió la idea de actuar de manera positiva. Esto es, de que cada uno trajera de su casa una pala, un pico, una barreta o una carretilla, para revertir con trabajo físico el desaguisado municipal.
Una auténtica quijotada, como la descripta por Cervantes en su inmortal obra: “según eran los agravios que pensaba desfacer, entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer”.[1]
Imbuidos de ese espíritu positivo y justiciero, un centenar de jóvenes mujeres y hombres neuquinos se instalaron en el lugar, hicieron colectas y contrataron volquetes para evacuar la tierra, armaron carpas para pernoctar y descansar de la ardua labor encarada, y pusieron manos a la obra.
Debido acaso a la masividad de la convocatoria las autoridades municipales dejaron hacer, limitándose a cortar la iluminación nocturna del parque, dando al lugar un aire espectral que no melló el entusiasmo de las improvisadas obreras y obreros.
Luego de varias jornadas de dura labor, se había desenterrado ya casi la mitad del anfiteatro; y en el séptimo día, ocurrió la anécdota que da origen a esta historia, según el relato de Pablo, uno de los jóvenes autoconvocados:

“...ya habíamos avanzado poco más de un metro; y cada tanto, se escuchaba algo así como un maullido, que salía como de debajo de la tierra. Pensamos que era uno de los animales que andaban dando vueltas por acá en el parque; pero uno de los chicos, Manuel Diez, dijo: —Che, ¡acá adentro hay un gato...! Nuestra primera reacción fue reírnos de él: —Sí, claro... ¡son las ganas que tenés vos, de ver a un «gato...!» ¡jua, jua!, nos reímos todos...”[2]

La alusión al mote popular con que se designa a las prostitutas de alta categoría, provocó una carcajada general en los presentes; y al extinguirse sus ecos, fue cuando todos escucharon claramente un gemido ancestral, un desgarrador maullido nacido desde las entrañas de la tierra, similar acaso al imaginado por Edgar Allan Poe en su recordado cuento El gato negro:

“Era primero una queja, velada y entrecortada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se convirtió en un grito prolongado, sonoro y continuo, infrahumano. Un alarido, un aullido mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno. Fue una horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas, y de los demonios que gozaban en la condenación”.[3]

Una vez repuestos de la sorpresa inicial, los jóvenes comenzaron a remover cuidadosamente la tierra; hasta que por el hueco abierto con sus manos asomó tímidamente la cabeza del infortunado animal, hambriento, deshidratado y deslumbrado por la luz del día, tras siete días de encierro en la más absoluta obscuridad, la tiniebla lóbrega de la que habría sido su tumba, de no mediar la acción vindicadora del pueblo de Neuquén. ¡Las máquinas de la municipalidad lo habían enterrado vivo!
Alguien filmó y subió al portal You Tube aquel conmovedor momento.[4] En medio de la algarabía general, entre aplausos y gritos de aliento, el joven Pablo —protagonista casual de esta historia— lo tomó en sus brazos y le palpó el cuerpo, comprobando que su estado general era satisfactorio.
No obstante, las desventuras del pobre felino no habían aún terminado, según continúa el risueño relato:

“...yo lo tenía agarrado, tocándole las costillas para ver si tenía algo; y cuando se pone como loco, lo suelto y se escapa... ¡y justo le salen unos perros a ladrar, y a perseguirlo...!”

El aterrorizado animal apenas atinó a correr como alma que lleva al diablo, y a treparse en lo alto de un árbol, para refugiarse de sus enardecidos perseguidores. “Fue como salir de Guatemala a Guatepeor”  relata, entre risas, Pablo.
Finalmente, una vecina piadosa —mujer anónima del pueblo— alejó a los perros, pidió ayuda y rescató al atribulado felino de su refugio arbóreo, lo adoptó, y le llevó a vivir a su casa.
Como resultado de esta aventura, el famoso gato negro de Neuquén recibió el nombre de “Anfi”; y, en trueque de bautismo, el Anfiteatro del Parque Central —que no tenía hasta entonces denominación alguna—fue agraciado por el imaginario popular, con el nombre de “El Gato Negro”.
Una historia de vida, de lucha y de amor, como acaso no pueda ocurrir en otra parte que no sea el Neuquén, la tierra mágica de las machis ancestrales, la del río de aguas aún puras, donde se conserva aún la pasión por la Libertad, ese antiguo anhelo inherente a la naturaleza de los seres vivos.

Horacio Ricardo Silva, Neuquén-Buenos Aires, mayo/junio de 2012.


[1] CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, Capítulo II, pág. 52.
[2] El audio completo, y otros testimonios más, pueden escucharse desde la página web de la agrupación neuquina kasandrxs – feministas libertarias: http://kasandrxs.radioteca.net/leer.php/2704630
[3] Esta alucinante narración de Poe relata la historia de un hombre envilecido por el alcohol que, tras asesinar a su esposa, la empareda en el sótano de su casa; quedando encerrado también tras los muros, pero con vida, su gato negro.
[4] La filmación casera puede verse on line en este link: http://www.youtube.com/watch?v=6eIxApSnbC0